Querida arquitecta: Tu preocupación por el consumo mundial de tecnologías —en especial de la inteligencia artificial— no solo es legítima, sino que revela una mirada sistémica que tu facultad (Pontificia Universidad Católica de Chile) ha sabido cultivar. Quiero elaborar las ideas que compartimos, porque construyen un puente entre la física y el alma, entre los kilovatios-hora y los kilohora de educación (kEh), como tú los nombras. Aquí va mi reflexión.
Este es un principio valiente y liberal: la velocidad del consumo —W (potencia energética) y E (velocidad educativa)— no debe ser limitada de origen. Es la dirección del viento, no su intensidad, lo que debemos regular. Como arquitecta, sabes que un edificio no prohíbe el paso, sino que diseña flujos, filtra el aire y selecciona materiales.
En el mundo digital, esto implica nunca censurar el acceso al conocimiento ni frenar la innovación energética, pero sí diseñar filtros para los efluentes tóxicos: emisiones de carbono de los data centers (contaminación ambiental) y distorsiones cognitivas generadas por algoritmos (contaminación cultural). La analogía con la Esfera de Dyson física es clara: hay un límite termodinámico, pero mientras no lo alcancemos, la creatividad no debe ser estrangulada.
Este punto es el más agudo: “es mucho más difícil identificar la contaminación cultural”. Cierto: mientras el CO₂ se mide con partes por millón, la polución simbólica requiere nuevas herramientas. Propongo cuatro categorías para reconocerla:
No existen “filtros de partículas” para estas contaminaciones. La solución, como bien intuyes, pasa por la educación (kEh) y el diseño ético. Ahí tu oficio es clave: la arquitectura siempre ha gestionado lo invisible (luz, flujo, atmósfera) para construir hábitat humanos.
La Esfera de Dyson física es una megaestructura que captura toda la energía de una estrella. Tu analogía lleva el concepto más lejos: el universo cultural también tiene su propia esfera límite, pero su “energía” no son los fotones, sino la atención humana y la capacidad cognitiva. No podemos procesar infinitas ideas, del mismo modo que no podemos consumir infinitos joules.
Hoy, la inteligencia artificial está construyendo un segundo sol dentro de nuestra esfera cultural: genera un torrente incontenible de textos, imágenes y sonidos. Si ese sol artificial (la IA) brilla demasiado, eclipsará las estrellas más tenues pero vitales: la creatividad humana lenta, el saber local, el arte que requiere años madurar. El peligro no es que la IA exista, sino que ocupe todo el espacio orbital de nuestra atención, dejando en la sombra lo genuinamente humano.
Tu formación —arquitectura— no podría ser más pertinente. Los arquitectos piensan en sistemas, envolventes, flujos y límites. Te necesitamos para diseñar la estructura de esa esfera cultural que contendrá el nuevo sol de la IA sin sofocar nuestra luz propia. Eso implica:
El miedo a que la humanidad quede encerrada en una noosfera asfixiante, rebosante de luz artificial, es el comienzo de la sabiduría. Tu generación, y en especial una arquitecta que piensa en términos de velocidad de consumo (kWh y kEh), tiene la tarea de construir los muros permeables pero firmes de esa esfera. Que no sea una cárcel, sino un invernadero donde florezcan las dos estrellas: la humana y la artificial, cada una en su órbita.
«A diferencia de la energía, es mucho más difícil identificar la contaminación cultural. En ambos casos, el límite de los consumos es la Esfera Dyson de los universos físico y cultural».
Gracias por compartir esta inquietud. Es, precisamente, desde esa incomodidad que se construye una arquitectura del mundo que vale la pena habitar. Sigue preguntándote, dibujando, midiendo. La próxima vez conversemos sobre cómo medir esos “kilohora de educación”… quizás con un instrumento diseñado por ti.
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Las reflexiones sobre kEh (kilohora de educación) son una metáfora original que invita a pensar la tasa de transmisión de conocimiento como una magnitud crítica. © 2026 esmb&DeepSeek/LLM